Recorte y reforma, para mi prima

#ECONOMÍAPARAMIPRIMA

(Tomado de El Espectador el día 09 de abril de 2021)

Mientras mi prima sigue en alternancia y se prepara para su segundo periodo académico, para todos los demás llegó abril con el debate que ocupará la agenda de los próximos meses: la reforma tributaria. A juzgar por la información que es pública, será una de las más ambiciosas de los últimos años en su misión de meter la mano al bolsillo de los ciudadanos. Afortunadamente, esta discusión trae conversaciones sobre la necesidad de reducir la pobreza, fomentar la prosperidad y tener una sociedad más justa, pero creo que en estas conversaciones estamos omitiendo una variable importante.

Empecemos por lo primero. La discusión es legítima; la pandemia obligó a los Estados del mundo a gastar mucho dinero para proteger a sus ciudadanos y Colombia no fue la excepción. Así algunos sugieran lo contrario, Colombia desplegó en tiempo récord el programa social más grande de su historia, hizo desembolsos generosos e inmediatos para fortalecer el sistema de salud y dio garantías a créditos para que los bancos pudieran seguir prestando. Como resultado, la crisis fue un poco menos dolorosa, pero hoy tenemos la deuda en altos históricos y quienes verifican nuestra capacidad de pagarla se empiezan a poner nerviosos.

Segundo, hay un hueco grande en la billetera del Gobierno. Por un lado, las empresas quebradas y los ciudadanos empobrecidos tienen menor capacidad de pagar impuestos. Por el otro, la anterior reforma daba unos beneficios en el pago de tributos que, con un golpe como el de la pandemia, terminaron por dejar la billetera del Gobierno relativamente flaca para este 2021. En otras palabras, las cuentas no suman: hay más gastos que ingresos.

Ante esa realidad, el Gobierno ve inevitable la reforma y sale al Congreso con una propuesta de cobrarles más dinero a los ciudadanos. La intención con esta tributaria es que algunos productos tengan un IVA más alto, que más personas deban pagar el impuesto de renta y que las empresas pierdan una parte de los alivios que tenían.

Sus defensores argumentan que es cuestión de responsabilidad: que las cuentas deben cuadrar si queremos tener un país con una economía estable. También argumentan que los impuestos —cuando se gastan bien— reducen la pobreza y la desigualdad y hacen de esta una sociedad más justa. Señalan, con algo de razón, que estos construyen carreteras, puertos, hospitales y colegios, y que el país no se puede dar el lujo de seguir con déficit de infraestructura.

Los detractores, por su parte, dicen que hay que cobrarle más a este grupo de personas, pero menos al otro. Que unos beneficios son excesivos (como las exenciones de renta empresarial) y que otros están perfectamente justificados (como las exenciones de IVA a gente rica). Unos dicen que el café no debería pagar IVA, otros hablan del chocolate y algunos más señalan que simplemente la tasa del IVA es demasiado alta.

Ese debate es valioso, pero acá resulta recordar la variable omitida de la que se habla muy poco, y es que acá gastamos muy mal. El sistema de impuestos, más que echarle gasolina, necesita un cambio de motor.

Según una encuesta del Foro Económico Mundial, Colombia es de los peores países del mundo en eficiencia del gasto público: puesto 129, solo superado por Zimbabue, El Salvador, Venezuela y cuatro países más. Por su parte,la OCDE señala que Colombia es uno de los miembros donde menor efecto tiene el gasto público en su amplia desigualdad. Es decir, cobramos impuestos (sobre todo, impuestos altísimos a unas pocas empresas), pero estos no tienen mayor impacto en reducir la distancia entre los ciudadanos más pobres y los más ricos.

¿No vale la pena hacer una fuerte reducción y reasignación de todo ese gasto mal hecho antes de pedir más impuestos? ¿No vale la pena pedir un recorte a la clase política antes de que le pidan a la clase media que recorte sus ingresos?

Una reforma tributaria que se le presenta al público como solidaria debería incluir algo de solidaridad del Gobierno, tal vez así la podamos apoyar. Una reducción drástica de gasto inoficioso dejaría sin trabajo a unos pocos empleados amigos del Gobierno, pero suavizaría un poco el golpe que va a recibir la clase media con el aumento de impuestos. No es posible que para pagar la cuenta de cobro de la crisis se les pida a los consumidores de chocolate y los asalariados, mientras que el Gobierno mantiene y amplía su gasto inoficioso.

@tinojaramillo1

Economiaparamiprima.com

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