Reforma fiscal o tributaria, para mi prima

#ECONOMÍAPARAMIPRIMA

(Publicado en El Espectador el dia 12 de febrero de 2021)

Cada vez que una tienda se ve obligada a cerrar, cada día que una planta de producción está parada y cada avión que viaja con sillas vacías son oportunidades que nunca vuelven, una pérdida irrecuperable de bienestar económico. Por eso, le suelo recordar a mi prima, en nuestras conversaciones, que nunca se fíe de políticos que dicen que protejamos la vida porque “la economía se recupera”. De poco le sirve a una persona que le digan que la sensación de llenura regresa justo antes de ponerla a aguantar hambre.

Es claro que las discusiones sobre los toques de queda por la pandemia no se han dado de manera racional, pero las de reactivación económica son peores. Por un lado, los políticos que siempre han querido gastar el dinero de los contribuyentes proponen (¡oh, sorpresa!) gastar más: subir impuestos, aumentar la deuda e imprimir billetes. Por otro lado, los anarquistas que siempre han querido reducir cualquier tipo de gasto, incluyendo los de infraestructura y defensa, hoy también proponen (¡oh, sorpresa!) reducirlo. Ambos equivocados, paradójicamente, por las mismas razones.

Los políticos populistas, abundantes en Colombia, hacen parte del tercer grupo, que es el más exótico y al que ni vale la pena dedicarle mucho tiempo. Prometen siempre toda suerte de cosas, que #InternetGratisYA, #RentaBásica y #MatrículaCeroParaTodos, pero siempre se oponen al incremento de impuestos necesario para pagar por esas ideas. Quieren matar la vaca para la carne y al mismo tiempo seguir ordeñándola.

Los gastos del Gobierno en el largo plazo deben equivaler, más o menos, a sus ingresos, claro está. Para decirlo de otra forma, las cuentas cuadran: eventualmente algún ciudadano tendrá que pagar por el gasto del Gobierno, así los derrochones quieran ignorarlo. El Estado, al final de cuentas, no tiene un “bolsillo” para meter la mano, solamente puede meter la mano en el bolsillo de los ciudadanos.

La realidad es inmune a las interpretaciones erróneas. En el largo plazo a los ciudadanos nos toca pagar por lo que gasta el Estado, pero en el corto plazo el Estado puede perfectamente tener déficits o superávits: gastar más de la cuenta algunos años o tener ahorros en otros.

En una pandemia, por ejemplo, es difícil sacarles impuestos a empresas quebradas y a los desempleados, pero sí hay una necesidad grande de gastos del Gobierno para la vacuna, los programas sociales y las adecuaciones de instalaciones públicas. Es decir, en estos momentos toca gastar más y recaudar menos. Es hora de tener un déficit financiado con deuda.

De hecho, vale la pena ir más allá de los gastos necesarios para la pandemia. Todos esos aviones vacíos, maquinaria parada, material sin comprar y personas sin trabajo son una señal de que es momento para que el Gobierno entre a desatrasarse en sus inversiones productivas y acelere la construcción de puertos, carreteras y acueductos.

En tiempos normales, esas labores solo se pueden hacer desplazando al sector privado: compitiendo con las empresas por materiales, maquinaria y trabajadores. En estos momentos el Estado no les compite a las empresas por recursos ocupados, sino que las saca de la inactividad. Todas esas nuevas personas empleadas y esos proveedores con oficio ahora tendrán recursos para continuar las cadenas de producción y poner a marchar la economía: a eso le llamamos resolver el problema de “demanda agregada”.

A mi prima le preocupan los políticos que usan eso como excusa para derrochar recursos, contratar familiares y hacerle monumentos al M-19; razón no le falta. Si logramos que el gasto sea productivo, podemos traer la Tijera (sí, con T mayúscula) y recortar todos los gastos corrientes de agencias, programas y rubros de bajo impacto para redirigirlos a inversión en infraestructura.

Una vez pase la pandemia y se liberen los recursos de los proyectos que culminaron, se debe mantener esa austeridad y usar esa plata para pagar la deuda que estamos acumulando en estos momentos. Para lograrlo, se requiere hacer una “reforma fiscal”, es decir, modificar la forma en la que gastamos.

La buena noticia es que eso es exactamente lo que ha anunciado el Gobierno. La mala es que, según suena en medios, la reforma se parece más a una tributaria (ingresos) y no a una fiscal (gastos). La fea es que es posible que los aumentos de impuestos entren en vigencia este año, lo cual sería una pésima noticia para los hogares y las empresas colombianas.

Nota. Vale la pena agregarle el componente cíclico a la regla fiscal para automatizar aprobación de déficits en recesiones y superávits en bonanzas.

@tinojaramillo

Economiaparamirpima.com

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