Eficiencia en el gasto

(Publicado originalmente en el periódico La Patria el 23 de Diciembre de 2017)

Es desconcertante despertar una mañana y ver en la prensa que en programas manejados por el Estado se estén comprando pechugas de pollo por $40 mil, bolsas de leche por $12 mil, entre otras estafas. Más triste es que estos productos son para un programa de alimentación escolar de niños pobres; de la forma más descarada roban a quienes más lo necesitan y a quienes pagamos impuestos.


Más allá de una crítica a la corrupción, debe existir alguna lección para que esto no pase en el futuro. Acá hay dos problemas; uno el de los políticos corruptos y otro el de nosotros que votamos por programas que lo permiten. El primero es un problema de ética y el segundo es un problema práctico; la plata destinada (por ende, el poder) para los niños pobres no lo tienen los mismos niños o sus familias, sino los políticos. El poder de esa contratación lo tenía el exalcalde de Cartagena Manuel Vicente Duque, ¿a quién se le ocurre que un político puede manejar mejor la alimentación que las familias mismas?


Hace poco publiqué una columna en la que argumentaba que Ser Pilo Paga era un excelente programa pues transfería poder de elección de los políticos a los estudiantes. En este caso pido lo mismo, que los dineros de la alimentación de los niños (o el dinero de la universidad de los pilos) lo manejen ellos que son los más afectados; escogiendo la comida o universidad que quieran al precio que crean conveniente en un mercado con competencia.


Al hacer esta propuesta en educación recibo más críticas, que vienen fundadas sobre todo en que se suele confundir la producción pública y la provisión pública. Se cree que porque queremos que estudiantes no estén obligados a entrar a la U. pública, queremos acabar la educación de los pobres. Todo lo contrario, queremos más y mejor educación. Que la Universidad Nacional gaste en promedio 32 millones de pesos por estudiante (1,6 billones de presupuesto dividido entre 52 mil estudiantes) es parecido a una factura de una pechuga por $40 mil.


Argumentaba yo en la columna anterior que esto era cuestión de democracia. La democracia significa poder elegir cada uno lo que crea conveniente, no elegir por votos a un político (como hicieron con el alcalde de Cartagena) y que este tercero elija por todos, con el poder de repartir tajadas a quien crea conveniente.


Considero, como mis amigos de izquierda, que necesitamos más. Más educación en las regiones, más alimentos para los niños, más cobertura de educación superior y más decencia en la política. Por la responsabilidad fiscal de la derecha pauso para reflexionar, y que antes de pedir más, sugiero veamos por qué lo abundante que tenemos no alcanza para nada.

Que antes de abrir más la llave del gasto, veamos dónde está el desagüe y qué se ha hecho en otros países para mitigarlo. En la teoría es lo más democrático; en la vida real es la educación y el alimento de nuestros ciudadanos.

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